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CARTA PÚBLICA DE UN PSICÓLOGO A IVÁN CEPEDA Y LA PSICOLOGÍA COLOMBIANA

Posted on hace 4 horas
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Por un gran acuerdo nacional de la Psicología con la vida y los derechos políticos

 

Bogotá, junio de 2026

Iván Cepeda Castro

Candidato a la Presidencia de la República de Colombia

Psicólogas y psicólogos de Colombia

Estudiantes, facultades, gremios y organizaciones de psicología del país

 

Reciba usted, Iván, y reciban todas las personas que desde la psicología colombiana trabajan, investigan, acompañan y resisten, un saludo respetuoso y una interpelación urgente.

Le escribo en un momento en que Colombia no solo se juega un gobierno. Se juega el alma, la mente y el corazón de todo un pueblo que quiere sanar y cicatrizar sus heridas.

Le escribo como psicólogo que ha dedicado décadas a investigar la guerra psicológica como tecnología de dominación del alma. Le escribo porque el país está siendo sometido a una operación de adoctrinamiento masivo, planificada desde fuera y ejecutada desde dentro, que está colonizando la mente, los corazones y los deseos más profundos de millones de colombianos y colombianas, para llevarlos a estados crueles de odio irracional hacia otros seres humanos que lo acompañamos a usted y No a la ultraderecha fascista que quiere volver a gobernar este país.

  1. Nos quieren robar el alma, la piel y los corazones.

Millones de personas están siendo sometidas, día y noche, a una tortura psicológica que no da tregua. Una guerra que no busca matar el cuerpo sino ocupar el alma. Que la gente quiera lo que el poder necesita que quiera. Que odie a quien el poder necesita que odie. Que vote por quien el poder necesita que vote, aunque sea contra sus propios hijos, contra su propio barrio, contra su propia vida. El alma de un pueblo no es una abstracción religiosa. Es ese territorio profundo donde habitan los sueños, los afectos, la espiritualidad, el sentido de lo justo, la memoria de los ancestros, la capacidad de imaginar un futuro distinto. Y ese territorio está siendo ocupado. Metódicamente. Sin pausa.

No es espontáneo. No es casual. Es la ultraderecha colombiana más retorcida moralmente la que está detrás de esta operación. Operan a través de medios de comunicación que repiten la misma mentira hasta que se vuelve verdad. A través de redes sociales que segmentan, perfilan y bombardean con mensajes personalizados de odio. A través de iglesias que han convertido el púlpito en trinchera y la oración en arma. A través de símbolos nacionales vaciados de su contenido incluyente y llenados de veneno muy peligroso para que nos destrocemos entre hermanos.

El resultado está a la vista: un país con el alma herida, un pueblo con el alma manipulada, un país atrozmente polarizado para que se mate entre sí, infantilizado sin piedad, fracturado, desconfiado y agotado.

  1. Esta piel no quiere seguir siendo herida

La guerra psicopolítica también lacera la piel. Porque cuando te enseñan a odiar al vecino, te arrancan la posibilidad de rozarlo. Cuando te encierran en el miedo, te quitan la calle, la plaza, la fiesta, el cuerpo. Millones de colombianos y colombianas viven hoy con la piel erizada de miedo. Pero también con la piel hambrienta de afecto y respeto. El blindaje mental psicopolítico no es solo para la mente. Es también para el cuerpo. Para que deje de ser trinchera y vuelva a ser puente. Para que deje de ser herida y vuelva a ser caricia. Para que el cuerpo colectivo que somos como país nunca más vuelva a ser herido, violentado o maltratado.

  1. La guerra que se libra dentro de cada colombiano mientras usted lee esta carta

La guerra psicológica contemporánea no necesita tanques ni aviones. Se libra en la sala de cada hogar colombiano. En el grupo de WhatsApp de la familia. En el noticiero que se ve mientras se come. En el estadio un domingo cualquiera. En el culto del pastor que promete prosperidad a cambio de votar por el candidato «correcto». Su objetivo es conquistar el alma a todos.

A esto lo he llamado ocupación mental: una operación sistemática, meticulosamente planificada, con métodos, técnicas, manuales y operadores, que coloniza la atención, la memoria y el deseo de millones de personas. Una mente ocupada no delibera. No empatiza. No planea a largo plazo. Obedece. Y una sociedad con las mentes ocupadas no se transforma: se arrodilla ante quien le prometa protección, aunque sea su verdugo.

Esta guerra no la llevan a cabo con argumentos. Con manipulación y miedo. No debate: amenaza y activa artificialmente tres instintos de defensa que todos los seres humanos compartimos: el miedo, la tribu cerrada y la sumisión al líder fuerte. Pero hay otros instintos. Más antiguos. Más profundos. Más difíciles de manipular: el cuidado del vulnerable, la cooperación, el afecto, el sentido de justicia, la memoria y la supervivencia colectiva. La guerra psicopolítica no solo activa los instintos de defensa. Sobre todo, silencia los otros. Porque una persona que cuida, que coopera, que recuerda, que exige justicia, que abraza, es muchísimo más difícil de dominar. Y la ultraderecha lo sabe.

  1. Gobernar no basta: hay que sanar y transformar el alma, el cuerpo y el espíritu de toda una nación

Usted, Iván, sabe lo que es la estigmatización en carne propia. Sabe lo que es que lo señalen, lo persigan, lo calumnien, intenten eliminarlo. Sabe lo que es llevar en la piel las marcas de la violencia política.

Quien aspire a presidir Colombia necesita muchas cosas. Un programa económico sólido. Una política de seguridad que no sea sinónimo de masacre. Una apuesta social que continue cerrando brechas históricas. Pero hay algo que no se ha dicho con suficiente fuerza: necesita también una comprensión profunda de lo que está ocurriendo en el alma, el cuerpo y el espíritu del pueblo colombiano. En la subjetividad del país.

Porque la ultraderecha no está peleando solo con votos, con leyes, con presupuestos, con noticieros propios. Está peleando con símbolos, con emociones, con instintos, con oraciones, con canciones, con banderas, con caricias falsas y con abrazos que en realidad son cadenas. Está librando una guerra psicológica de baja intensidad, pero de altísima eficacia, que le permite ganar adhesiones incluso entre quienes votan sistemáticamente contra sus propios intereses materiales.

Un pueblo con el alma ocupada no vota por sus intereses. Vota por sus miedos. Y el miedo, como sabe cualquier persona que haya acompañado a víctimas, no se vence con estadísticas. Se vence con relato, con cuidado, con memoria, con comunidad, con espiritualidad liberadora y con un cuerpo que vuelva a sentir confianza.

Si su candidatura aspira no solo a ganar una elección sino a transformar el alma y el corazón de todo un país necesita incorporar esta comprensión. Necesita una psicología que no se limite a intervenir desde fuera, sino que se implique desde abajo. Que ponga su saber al servicio de la emancipación y no de la dominación. Que entienda, de una vez por todas, que la mente, el corazón, el alma, el cuerpo y el espíritu son también campos de batalla. Y que ayudarlos a sanar y transformar es un acto de resistencia.

Aquí está la otra psicología distinta a la que ha callado históricamente en nombre de la neutralidad. Esta psicología existe y es diversa. Está en los territorios y en las universidades. Se hace en comunidades, en medio del barro, en zonas de conflicto, acompañando a las víctimas y a las organizaciones sociales. Una psicología que no quiere intervenir desde fuera sino implicarse desde dentro. Que no quiere adaptar sino liberar. Una psicología que entendió que su tarea no es solo ayudar con la cura individual sino ayudar a sanar y transformar el alma colectiva, el cuerpo y el espíritu de una nación acostumbrada al manoseo y la impunidad.

Por eso le propongo algo concreto: un Gran Acuerdo Nacional de la Psicología con la Vida y los Derechos Políticos. No un documento para la foto. No un manifiesto para archivar. Una hoja de ruta viva, discutida, caminada, para que la disciplina se ponga del lado de la vida sin ambigüedades y asuma la tarea de sanar y transformar nuestra subjetividad tan acostumbrada a la estética de lo atroz, la ética de la barbarie y el cinismo y la impunidad como valores.

  1. Lo que nos puede unir: nueve principios para un acuerdo histórico

Le propongo nueve principios para un diálogo nacional de la psicología con la vida y los derechos políticos.  No son un decálogo cerrado. Son una provocación para empezar a conversar.

Uno. Implicación, no intervención. La psicología no está por encima ni por fuera de la sociedad. Está implicada en ella. Su papel no es adaptar a las personas a un sistema que las enferma, sino acompañar procesos de liberación, cuidado y construcción colectiva. No se trata de «bajar al pueblo». Se trata de reconocer que somos pueblo.

Dos. La vida como horizonte ético. La vida no es solo respiración y pulso. Es dignidad, es memoria, es justicia, es posibilidad de soñar y de construir futuro para los hijos y las hijas. La psicología debe estar del lado de la vida, siempre, sin matices ni excusas.

Tres. Derechos políticos plenos como parte del bienestar. La salud psicosocial, espiritual y comunitaria no puede ser jamás un pretexto para silenciar la disidencia ni para patologizar la protesta. Participar, decidir, disentir, organizarse: eso también es salud. Y defenderlo es obligación de la disciplina.

Cuatro. Reconocimiento de la guerra psicopolítica como plan de conquista del alma. La guerra psicológica existe. No es metáfora, no es exageración, no es paranoia. Es un plan meticulosamente diseñado por la ultraderecha más retorcida moralmente, financiado desde fuera y ejecutado desde dentro, que busca colonizar el alma, los corazones y los deseos más profundos de millones de colombianos. La psicología debe investigarla con rigor, denunciarla con valentía y formar a la ciudadanía para detectarla y resistirla.

Cinco. Democratización del saber psicológico. El conocimiento psicológico no puede seguir siendo propiedad privada de las facultades y los consultorios de élite. Hay que sacarlo de las aulas, traducirlo a lenguaje humano, ponerlo al servicio del pueblo. En las calles, en los barrios, en las organizaciones, en las plazas de mercado. Porque una ciudadanía que entiende cómo funciona la manipulación emocional es una ciudadanía muchísimo más difícil de dominar.

Seis. Formación ético-política en las facultades. No basta con enseñar teorías, pruebas y técnicas. Hay que formar a las nuevas generaciones de psicólogas y psicólogos en una comprensión crítica del poder, de la violencia política y de las operaciones de manipulación emocional. Una psicóloga que no entiende el poder es una cómplice en potencia.

Siete. Blindaje mental psicopolítico para la ciudadanía. La psicología debe desarrollar herramientas accesibles de defensa mental frente a la manipulación, el miedo y la división. Herramientas que cualquier persona pueda usar en su día a día, sin necesidad de pasar por un consultorio ni de tener título universitario. Herramientas para proteger la mente, sanar el alma y recuperar la piel como lugar de encuentro y no de trinchera.

Ocho. Solidaridad activa con las víctimas. La psicología no puede seguir escondida en la academia mientras las víctimas de persecución, estigmatización, desplazamiento y violencia política siguen esperando justicia y reparación. No alcanza con la nota de prensa solidaria. Hay que estar. Hay que acompañar. Hay que poner el cuerpo. Hay que rozar la piel herida con afecto y respeto.

Nueve. Defensa de los símbolos compartidos. La bandera, el himno, la camiseta de la selección y otros símbolos nacionales no pertenecen a ningún partido, a ninguna ideología, a ningún candidato. Son patrimonio afectivo de todos los colombianos y colombianas. Son parte de nuestra piel colectiva. La psicología debe contribuir a su resignificación incluyente y denunciar sin miedo su apropiación excluyente.

  1. No alcanza con ganar: hay que devolver la calma para y lograr un diálogo nacional

La guerra psicopolítica avanza sin pausa. Los símbolos están siendo capturados uno a uno. Millones de mentes están siendo ocupadas por el miedo, la división y la obediencia. Millones de almas están siendo adoctrinadas para odiar. Millones de pieles están siendo heridas, marcadas, encerradas, aisladas.

Usted, Iván, aspira a gobernar un país que no solo está roto en sus carreteras, en sus hospitales y en sus escuelas. Está roto en su subjetividad. Está roto en su capacidad de confiar, de cuidar, de cooperar, de recordar sin que la memoria duela, de rezar sin que la oración se convierta en arma. Está roto en su alma. Está roto en su piel. Y ningún plan de gobierno, por bien diseñado que esté, puede reparar eso por sí solo.

Porque no basta con buenas leyes. Hay que disputar el sentido común. Hay que sanar la memoria. Hay que descolonizar las almas. Hay que acariciar las pieles que el odio ha marcado. Y eso no lo hace un gobierno, por legítimo que sea. Lo hace una sociedad despierta, organizada y blindada. Una sociedad que recupere los instintos que el miedo le quiso apagar. Una sociedad que entienda que el cuerpo no es botín de la corrupción.  Que el alma no es botín de guerra: es territorio sagrado que hay que cuidar.

La psicología colombiana tiene una oportunidad que no se repetirá. La oportunidad de implicarse. De sacudirse la indiferencia. De ponerse del lado de la vida sin ambivalencia. De ser, por fin, herramienta de transformación psicosocial, política y comunitaria. Nunca antes como ahora nuestra sociedad necesita del saber psicológico como herramienta de dignificación de la vida.

Usted, Iván, tiene en sus manos la posibilidad de abrir esa conversación. De convocar a la psicología a estar a la altura de su tiempo y del dolor de su pueblo. De hacer del blindaje mental psicopolítico y de la sanación psicosocial, espiritual y comunitaria una política de Estado cuando el pueblo le entregue el mandato.

Cuente conmigo para esa tarea. Cuente con quienes, desde la disciplina, llevamos años esperando que alguien nos convoque a algo más grande que un congreso. Cuente con una psicología que ya no quiere ser engaño, sino herramienta de liberación. Cuente con quienes creemos que la intuición popular no miente, que la mente puede blindarse, que el alma puede transformarse y que la piel puede volver a ser caricia.

Porque Colombia no está condenada al odio. Pero necesita despertar. Y la psicología, si se implica, puede ayudarle a hacerlo.

Este cuerpo no quiere seguir siendo herida. Esta alma no quiere seguir siendo ocupada. Este pueblo quiere vivir dignamente. Y así será cuando el pueblo colombiano le entregue la presidencia.

 

Edgar Barrero Cuéllar

Director

Cátedra Libre Martín-Baró

 

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