Fraude y desobediencia civil en Colombia
Los aportes de la Psicología
Por Edgar Barrero Cuellar
Un abogado bajito y pretensioso que gusta de armar shows mediáticos acompañados de amenazas, gritos e insultos a sus opositores. Un abogado del que se sospechan muchas cosas. No hay colombiano o colombiana de sentido común medio que no ponga algo en duda de este triste y peligroso personaje.
¿Qué pasa, por ejemplo, cuando se sospecha que llegó a la presidencia gracias a una cuidadosa operación de guerra psicológica para engañar a millones de seres humanos, mediante granjas de bots?
¿Qué sucede cuando se sospecha que fue puesto allí por los gobiernos de países extranjeros acusados de crímenes de guerra y genocidio, y de uno de los cuales, incluso tiene nacionalidad?
¿Qué sucede con el alma y la voluntad política de millones de seres humanos que sienten que han sido burlados, engañados, manipulados, reprimidos, estigmatizados e incluso amenazados en sus derechos políticos más básicos?
La respuesta a estas preguntas quizás haya que buscarla en la mirada del mismo pueblo, en sus creencias más sagradas, en sus prácticas cotidianas de organización y movilización social. Tal como acaba de suceder con la gran movilización social del 14 de octubre. El inicio de la gran desobediencia civil organizada contra este ilegitimo gobierno.
Martín-Baró planteó que el trauma psicosocial se instala básicamente en la deshumanización y polarización extrema de las relaciones humanas básicas. Una herida que no es sólo individual sino colectiva. Una herida comunitaria. Esto ocurre cuando quien gobierna de forma ilegitima hace uso desmedido del poder y la fuerza para reprimir violentamente a quien le cuestione. Cuando la institucionalidad se convierte en fuente daño, dolor y sufrimiento colectivo.
Para nadie es un secreto, la política de arrasamiento total de los derechos humanos y políticos que han traído estos dos meses de desgobierno en Colombia, con el ascenso de una nueva élite corrupta subordinada a EEUU e Israel. Para nadie es un secreto que este modelo de gobierno basado en el miedo y el terror, vive y se nutre de la deshumanización, la polarización y el fatalismo generalizado.
Estos tres aspectos actuando en conjunto o por separado, rompen con el tejido social y comunitario que hace posible la confianza en los Otros y las Otras. Se produce una corrupción política del vínculo comunitario al instalarse el odio y la maldad entre compañeros y compañeras de la misma comunidad… o si se quiere de la misma clase social. Esto ya lo he planteado en profundidad en mi libro estética de lo atroz. Se produce lo que llamo una parálisis psico-socio-antropológica inducida para romper y quebrar la esperanza de pueblos enteros.
Es el principio de lo que ahora estoy planteando como trauma psicopolítico en el que pueblos enteros ven con horror como se vulneran todas las posibilidades de ejercicio de sus derechos políticos.
No se trata solo de lo que le ocurre a cada persona por separado. Es toda una sociedad la que observa, horrorizada, cómo se violentan sus derechos políticos con absoluta impunidad. Una sociedad que contempla aterrorizada como se lleva a cabo el despojo de sus recursos vitales sin que se vislumbre castigo para los perpetradores y más bien se instale la burla y el cinismo como valores supremos de la política.
Porque el trauma no es solo lo que pasó, sino lo que no pasó después: la justicia que no llegó, la reparación que no se dio, la verdad que no se restableció. El futuro se desvanece. Y en ese vacío anidan la apatía, el cinismo o la rabia sin dirección.
Frente a este escenario, la desobediencia civil organizada es una de las mejores opciones ético-políticas a las que tiene derecho toda sociedad. Entendiendo esa desobediencia social como una decisión política consciente de negarse a obedecer y acatar una ley, una orden o una política que se considera ilegítima.
De esto tenemos una larga tradición en Colombia. Muestra de ello son los pueblos originarios defendiendo sus territorios, los estudiantes y las estudiantes defendiendo la educación pública. Junto a ellos los profesores y las profesoras que defendemos el derecho humano a la descolonización intelectual, afectiva, política, económica y cultural; los campesinos y campesinas declarando y defiendo las comunidades de paz, miles de madres que marchan sin parar con fotos de sus hijas e hijos desaparecidos.
La desobediencia social entendida desde la psicología política no es un acto de ocultamiento. Es algo que se hace a plena luz y con conciencia ético-política de las consecuencias de no aceptar el miedo y el terror como únicas formas de la política. No busca aplastar ni exterminar al contradictor, aun siendo portador de violencia política en sus palabras, acciones y omisiones. Busca llevarlo a la justicia para que sea el mismo pueblo quien lo juzgue y condene.
Se dice que Hannah Arendt entendía la desobediencia civil como una forma de participación democrática, una cierta expresión de la conciencia personal y colectiva frente a un poder que ha perdido su legitimidad. Pero, ¿En qué momento el poder se vuelve ilegítimo? Cuando invierte la relación de servir al pueblo obedeciendo su mandato y se convierte en un tirano, un autoritario, un maltratador, un abusivo e incluso en un matón que siempre anda amenazando a quien le contradice. El mandato de las pasadas elecciones es que fuera otro el presidente y no el que se impuso desde afuera.
En tal sentido, la desobediencia es ante todo un acto ético-político y moral que apela a la conciencia colectiva. Es un acto sistemático de transformación personal y comunitaria en donde lo primero que buscamos recuperar es nuestra capacidad de actuar y no quedarnos sólos y paralizados.
La desobediencia rompe con la parálisis. Le devuelve a personas, colectivos y comunidades la sensación de que sus actos son importantes y tan potentes que incluso puede transformar estructuras opresoras. Por eso no se puede dejar interpretar solo como una protesta. Es mucho más que eso. Es una lucha cotidiana por recuperar la condición de sujeto de derechos políticos.
La desobediencia civil también transforma la rabia que se produce por tanta agresión y frustración. La manipulación produce rabia, una rabia que se acumula, que enferma el cuerpo, que estalla sin dirección. La desobediencia pacífica la convierte en energía y fuerza colectiva.
La desobediencia es una ruptura con la mentira que se repite sin cesar a través de corporaciones mediáticas que hoy pretenden co-gobernar. Es una forma de hacer visibles múltiples voces que cuentan lo que realmente está sucediendo. Es una forma de mantener viva la memoria colectiva y del territorio.
La desobediencia social recupera la confianza en el vínculo y en el tejido social y comunitario. Cuando dos desobedientes se encuentran, se empieza a construir un nuevo vínculo, una confianza mutua basada en lo horizontal y negándose a cualquier forma de sometimiento y control.
La desobediencia civil pacífica es un buen camino para la recuperación de la dignidad personal y colectiva, para sanar y transformar el alma colectiva, transformar la rabia en fuerza comunitaria, recomponer y volver a tejer los lazos y vínculos que el odio opresor busca romper.
Pero no se puede pedir que el otro sea desobediente, si no estamos dispuestos a hacerlos nosotros mismos como psicología. La desobediencia también nos interpela y nos acusa cuando hemos sido tan obedientes a los mandatos norteamericanos y europeos en nuestros procesos de formación, investigación y ejercicio de la profesión.
La desobediencia que nos interpela reconoce que también somos pueblo y que también nos afecta y nos daña y nos duele tanta manipulación perversa, que también necesitamos sanar y transformar heridas que nos ha dejado tanta colonización.
No parece favorecernos mucho la historia en cuanto a la relación de la psicología con la desobediencia. Todo indica que la psicología ha estado más del lado de la obediencia que de la desobediencia. En su afán adaptativo a contribuido a que personas y comunidades acepten lo inaceptable. En nombre de la salud patologizó la disidencia social y la crítica radical y las convirtió en trastornos individuales. Muchas veces ha prestado su conocimiento para que funcione como dispositivo de doblegar y capturar voluntades sin resistencia, enfrentamiento u oposición.
En nombre de la objetividad proclamó la neutralidad que lleva indefectiblemente a la deshumanización, desproblematización y despolitización de la psicología. Esto no es casual. Obedece a un libreto propio de la colonización. Una psicología que no se pregunta por el poder pero que naturaliza la obediencia.
Muchos años lleva nuestra psicología Latinoamericana queriendo ser desobediente. En algunos casos lo ha logrado y en muchos otros no. Pero en todo caso, otro horizonte ético-político hemos venido construyendo. Uno donde cada vez es mayor la desobediencia epistemológica que se niega a seguir pensando con categorías prestadas e impuestas. Ahora sistematizamos conocimientos desde abajo y desde adentro de los propios procesos humanos en donde nos implicamos.
Una desobediencia teórica que plantee rupturas con aquellos marcos normalizadores del sufrimiento personal y colectivo. Una desobediencia metodológica que rompa con el extractivismo academicista y construya saber y praxis junto a las comunidades. Una desobediencia ética que se niegue a ser neutral en contextos de tanta violencia y sufrimiento.
Es urgente que nos impliquemos mucho más con nuestro pueblo en este proceso de desobediencia civil que exige el momento histórico. Es mucho lo que podemos aportar allí desde la psicología como hemos visto. Mucho más queda por seguir explorando y llevando a la praxis.
