El cuerpo, la depresión y el poder
Por Edgar Barrero Cuéllar
Cátedra Libre Martín-Baró
Introducción: Psicología de la liberación frente a la patologización
¿Cómo entendemos la depresión a partir de la psicología de la liberación que llevamos a cabo en Cátedra Libre Martín-Baró? Nuestra praxis de implicación psicopolítica con víctimas de violencias, malos tratos y abuso de todo tipo, nos ha permitido entender la depresión como la vivencia sistemática de diversos sistemas de opresión que se entrelazan y se refuerzan mutuamente: opresión política, económica, religiosa, relacional, cognitiva, afectiva, laboral.
Aunque parecieran actuar por separado, en realidad actúan articuladamente como engranajes de una misma maquinaria que trabaja sobre el cuerpo hasta llevarlo a estados de precarización y deshumanización impresionantes. Ello tiene un efecto reflejo en los sistemas cotidianos de interacción y comunicación, lo mismo que en las posibilidades reales y concretas de ejercicio de los derechos políticos personales y colectivos.
Desde esta perspectiva no buscamos culpar al individuo. Nos negamos al sistema cruel de recetar una pastilla y seguir como si nada. Obliga a mirar hacia otro lado: hacia los sistemas que producen ese estado, hacia los mecanismos que lo sostienen, hacia las políticas que lo hacen posible. La depresión no es una falla personal, como tampoco lo es el fatalismo a nivel social. Son respuestas e incluso aprendizajes sociohistóricos heredados mecánicamente sin darnos cuenta. Y el cuerpo es su primer territorio de colonización.
Colonizar el cuerpo: la operación fundamental del poder
La colonización es una operación que se repite cada día. No para. Las redes sociales y otros dispositivos de manipulación mental y emocional juegan aquí un papel fundamental. El poder no se conforma con ocupar territorios geográficos. Necesita ocupar los cuerpos. Instalarse en ellos. Moldear sus ritmos, sus gestos, sus deseos, sus silencios. La colonización del cuerpo es la operación más íntima y más profunda del poder. No necesita ejércitos. Le basta con discursos, con normas, con dispositivos que se instalan en la vida cotidiana y moldean lo que somos.
«Los dispositivos de poder no son aparatos represivos que actúan desde afuera. Son mecanismos que se instalan en la vida cotidiana, se normalizan y producen subjetividad.»
— Michel Foucault
La relación entre colonización y depresión es evidente. El cuerpo colonizado es un cuerpo que ha aprendido a contenerse. Que ha aprendido a no gritar. Que ha aprendido a no desear. Que ha aprendido a no descansar. Que ha aprendido a rendir. La colonización del cuerpo es la operación mediante la cual el poder se vuelve naturaleza. Ya no necesitamos que nos vigilen: nos vigilamos a nosotros mismos. Ya no necesitamos que nos castiguen: nos castigamos a nosotros mismos. Ya no necesitamos que nos digan cómo vivir: hemos interiorizado la norma hasta el punto de confundirla con nuestra propia voz.
Los sistemas de opresión que colonizan el cuerpo
Dimensión de Opresión |
Manifestación Estructural |
Efecto Psicosocial en el Sujeto |
|---|---|---|
Política |
Incertidumbre sobre la legitimidad del poder, violencia estatal, corrupción y uso ilegítimo de medios. | Desesperanza, alerta constante y sensación de zozobra permanente. |
Económica |
Deuda, precariedad laboral e imposibilidad de planear el futuro o recibir una pensión digna. | Agotamiento material y vulnerabilidad estructural. |
Religiosa y Afectiva |
Mandatos morales culpabilizantes y regulación estricta de lo que se puede sentir, llorar o gozar. | Culpa interiorizada, represión del deseo y bloqueo emocional. |
Cognitiva y Laboral |
Moldeamiento del pensamiento, hipervigilancia, autoexplotación y competencia paranoide. | Agotamiento cognitivo, deshumanización y reducción del cuerpo a recurso o mercancía. |
La opresión política se manifiesta en la incertidumbre sobre la legitimidad del poder, en la violencia estatal, en la corrupción que decide quién vive y quién muere. Opresión que se multiplica socialmente a través del uso ilegítimo de la prensa, la noticia y los medios de información. Opresión, frustración, desesperanza son indicadores de un pueblo que se sabe gobernado por alguien que llegó al poder de forma fraudulenta con el impulso de una élite mundial comprometida con genocidios, masacres y desapariciones de pueblos enteros.
La opresión económica se vive en la deuda, en la precariedad laboral, en la imposibilidad de planear un futuro, de recibir una pensión digna. La opresión religiosa impone mandatos morales que culpabilizan el cuerpo y condenan el deseo. La opresión relacional se instala en los vínculos familiares, afectivos, comunitarios, reproduciendo jerarquías y violencias. La opresión cognitiva moldea lo que podemos pensar, nombrar, imaginar. La opresión afectiva regula lo que podemos sentir, lo que podemos llorar, lo que podemos gozar. La opresión laboral convierte el cuerpo en herramienta de explotación inmisericorde. ¿Si todo esto no causa depresión, fatalismo y desesperanza aprehendida, entonces qué?
Estos sistemas no actúan por separado. Se entrelazan y retroalimentan. La opresión política produce precariedad económica. La opresión económica produce violencia relacional. La opresión religiosa produce culpa afectiva. La opresión laboral produce agotamiento cognitivo. Y así, en cadena, el cuerpo va siendo colonizado. Va siendo llevado hacia abajo.
La depresión política es el resultado de esta colonización sistemática. No es una enfermedad que se contrae. Es una condición que se produce. Se produce en los cuerpos que han sido atravesados por múltiples sistemas de opresión, que han aprendido a no sentir, a no desear, a no imaginar. Se produce en los cuerpos que han sido despojados de su territorio más íntimo.
El caso colombiano: un gobierno que coloniza el cuerpo social
Hay un sistema de opresión que en Colombia opera con especial crudeza: la incertidumbre sobre la legitimidad misma del poder. Un gobierno que se sabe cuestionado —cuya elección enfrenta demandas de nulidad ante el Consejo de Estado, cuyas firmas de apoyo fueron anuladas en un 62% por la Registraduría, cuyo origen está marcado por denuncias de fraude electoral— no puede gobernar desde la legitimidad. Gobierna desde la fuerza. Desde el espectáculo. Desde el miedo.
Esta duda sistemática sobre el poder no es un dato menor. Se duda de todo de quien gobierna. Es un dispositivo que coloniza el cuerpo social. Un cuerpo social que no sabe si su gobierno es legítimo es un cuerpo que vive en la incertidumbre. Un cuerpo que no puede confiar. Un cuerpo que se prepara para el golpe que siempre llega. Un cuerpo que ha aprendido a vivir en la tensión permanente, en la alerta constante, en el agotamiento que no cesa. Así se mantiene a millones de seres humanos en la depresión como sensación permanente de opresión y zozobra.
Precarización y deshumanización: los nombres de la colonización
Judith Butler sostiene que no todos los cuerpos son igualmente precarios. Algunos están más expuestos que otros a la violencia, a la enfermedad, a la muerte. La precariedad no es un accidente. Es una distribución desigual de la vulnerabilidad. Es el resultado de decisiones políticas que deciden qué vidas importan y cuáles no.
«La precariedad designa una condición políticamente inducida en la que ciertas poblaciones adolecen de falta de redes de apoyo sociales y económicas y están diferencialmente más expuestas al daño, la violencia y la muerte.»
— Judith Butler
En Colombia, esa distribución desigual de la riqueza y el bienestar tiene nombres concretos. Los jóvenes que no encuentran trabajo. Las comunidades rurales que siguen esperando al Estado. Los pacientes de salud mental que no reciben atención. Los cuerpos que son tratados como desechables por un sistema que no los considera prioridad. La misma psicología occidental que tanto se consume en nuestras universidades ha despreciado sistemáticamente al cuerpo y por lo tanto tiene dificultades para atender o acompañar a quienes están etiquetados como personas con depresión.
Achille Mbembe planteó la necropolítica como aquello que tiene el poder de decidir quién puede vivir y quién debe morir. Muchos son los cuerpos a los que se les expone a condiciones extremas de existencia material, psicológica y espiritual.
«A veces ese maniqueísmo llega a los extremos de su lógica y deshumaniza al colonizado. Propiamente hablando, lo animaliza.»
— Franz Fanon
No es solo una violencia física. Es una violencia simbólica que niega la humanidad del otro. Que lo reduce a su utilidad. Que lo trata como recurso, como mano de obra, como dato, como número. La depresión es la marca que estos procesos dejan en el cuerpo. No es una respuesta individual a un problema individual. Es la respuesta de un cuerpo que ha sido precarizado, deshumanizado, tratado como cosa. Es la respuesta de un cuerpo que ha sido colonizado hasta el punto de olvidar que era un territorio libre.
Liberar al cuerpo de la depresión y el fatalismo
Wilhelm Reich demostró que la represión no es solo psíquica. Se inscribe en el cuerpo. La coraza caracterial tiene un correlato muscular ligado con distintas formas de autoritarismo. Las rigideces musculares no son un simple reflejo de la represión: son su parte esencial. «Cada tensión muscular contiene la historia y el significado de su origen». La coraza es la historia emocional congelada.
«El derrumbamiento es un fenómeno bioenergético. La carga energética que antes sobreexcitaba las estructuras periféricas se retrae al centro del cuerpo, a la región del diafragma, estómago y plexo solar.»
— Alexander Lowen
El cuerpo va hacia abajo. No se olvide la etimología de la depresión como opresión que va llevando hacia abajo. Si la depresión es la vivencia sistemática de múltiples opresiones, entonces el cuerpo deprimido es un cuerpo que ha sido colonizado por mecanismos concretos de poder. No es que el cuerpo falle. Es que el poder ha trabajado sobre él hasta agotarlo. La coraza muscular es el archivo de esa colonización. Cada tensión es una historia de opresión. Cada rigidez es una memoria de sometimiento. Cada bloqueo es un territorio ocupado.
La depresión como respuesta y el horizonte de liberación
Cuando el poder coloniza el cuerpo, la depresión no es una falla del individuo. Es una respuesta. Es la forma que tiene el cuerpo de decir «ya no puedo más» frente a una colonización que no cesa. Por ello viene la parálisis psico-socio-antropológica de la que he hablado en el libro Estética de lo Atroz. Esto cambia todo. Cambia la forma de entender el sufrimiento. Cambia la forma de abordarlo. Cambia la forma de acompañarlo.
Si la depresión es la vivencia sistemática de múltiples opresiones, entonces no se trata de adaptar al individuo a un sistema que lo enferma. Se trata de descolonizar el cuerpo. De desinstalar los sistemas que producen ese estado. No se trata de enseñar a resistir individualmente. Se trata de construir colectivamente otras formas de vida. No se trata de recetar una pastilla. Se trata de preguntarse qué está produciendo ese estado. Qué sistemas. Qué mecanismos. Qué políticas. Qué decisiones.
La liberación no es individual. Es colectiva. No es adaptativa. No es una cuestión de actitud. Es una cuestión de poder. Se trata de descolonizar el cuerpo. De desinstalar los sistemas que producen la depresión. La deuda. La evaluación permanente. La competencia paranoide. La precariedad de la vida cotidiana. La hipervigilancia. La autoexplotación. La incertidumbre sobre la legitimidad del poder. No se desinstalan de un día para otro. Pero se pueden comenzar a desactivar en la vida cotidiana, en las prácticas colectivas, en las formas de organización.
Se trata de construir otras formas de vida. Otras economías. Otras relaciones. Otras formas de producir, de consumir, de cuidar, de habitar el cuerpo. Formas que no pasen por el rendimiento, por la competencia, por la autoexplotación. Se trata de liberar el cuerpo. De devolverle su capacidad de sentir, de moverse, de descansar, de gozar. De desinstalar la coraza. De conectar a tierra. De recordar que el cuerpo no es una máquina, sino un territorio. Un territorio que ha sido colonizado por el poder. Un territorio que puede ser liberado.
La alegría como acto de descolonización
La alegría colectiva es un acto político. No la alegría ingenua, no la positividad forzada, no la felicidad de manual. La alegría como afirmación de la vida en un sistema que produce muerte. La alegría como resistencia. La alegría como creación.
Cuando un cuerpo agotado vuelve a moverse, cuando un cuerpo precarizado vuelve a sentir, cuando un cuerpo deshumanizado vuelve a gozar, algo se desactiva. Algo del poder se desmorona. Algo de la colonización se rompe. Algo del territorio recupera su libertad.
Se trata de recuperar la capacidad de sentir. De recuperar el cuerpo. De recuperar el gusto por la vida digna y la belleza que ello produce. Se trata de subvertir la depresión hacia un mayor cuidado de sí, pero cuidando del Otro distinto. Se trata de convertir el sufrimiento al que nos han llevado en potencia transformadora que dignifica.
